10 febrero 2010

§ El economizador de virtudes

La paciencia es una virtud importantísima para la vida. Su valor es incalculable y es muy difícil de hallar. Algunos tienen la suerte de tenerla pero se encuentra dormida en un lugar recóndito de sus personalidades. Si nunca despierta, estamos ante un problema. Nosotros, porque sufrimos esta larga siesta y ellos, porque descubrirán o no, que se necesita hoy o en algún momento de su existencia y deberán despertarla como sea.
Primero nuestros padres deben tenerla con nosotros. El término es confuso. Tener paciencia. Casi como utilizarlo para una descripción física como tener el cabello largo o los brazos flacos.
Cuando somos pequeños, nuestros procreadores deben construir y reforzar su paciencia. Llantos interminables, descontrol de esfínteres, desacatos y desordenes materiales.
Toda esa paciencia puede existir porque cuenta con una indispensable base que es el amor. Cuando uno ama puede darse el lujo de tenerla a montones, casi proporcionalmente a la cantidad de amor que se tiene, si pudiera este medirse.
Cuando la paciencia supera este amor, el conflicto es inevitable en muchas ocasiones.
El gran pensamiento que resulta de este análisis es una pregunta que hoy cuesta responder:
¿Cómo reencontrarnos con esa paciencia que fuimos alimentando por años, y nos han inculcado desde pequeños entre otra cantidad innumerable de principios, cuando no hay amor?
¿Qué pasa cuando “debemos” tenerla para que una relación transitoria sin cariño alguno o siquiera una afinidad evidente, pueda sobrevivir bien sea con respirador artificial?
Un empleo enseñando a personas anticuadas sobre el uso de una tecnología de punta que para ellos es comparable con la teoría de la relatividad, la convivencia con seres desconocidos durante un viaje de desconexión a alguna parte lejana o aquella interminable demora que se genera por ver caer los millones y millones de granos de arena de este reloj que indica el comienzo de nuestro momento, ese momento que vendrá y será el primero de tantos, de lo que creemos nuestro sueño de vida.
El mundo de hoy, nos acostumbró a esto: una estúpida comodidad, una economizacion de virtudes donde si es mas fácil no tener paciencia, es mejor. La mochila que se carga se vuelve más liviana y fácil de transportar. Y así con otro montón de valores y principios que nos conviene guardar en un altillo llenándose de polvo, para evitar un dolor de espalda.
Quizás el mundo es un niño malcriado, que necesita una enseñanza bien forjada para reencontrar su camino. Si todos cargaríamos un poco más nuestras mochilas, quizás seria un mundo mejor.
Hernias, dolores, y otras molestias deberíamos soportar, pero sería un trabajo de todos y no de algunos pocos.

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