Los dientes apretados. Los ojos desorbitados mirando a ningún lado, junto a una elevación de cejas haciendo que la frente se llene de arrugas. Inmediatamente una mordida del labio inferior acompañada de la pasada de una mano o dos entre los cabellos para luego sujetar la cabeza.
El común y repetido ciclo de movimientos que se presentan cuando la impotencia nos ataca. Una impotencia asquerosa que permanece en nuestro ser sin permiso, alquiler o modales. Nos invade.
Un hecho da la orden y ésta ataca: en este caso, el hurto de nuestro esfuerzo de años, nuestra identidad, nuestros cobres, nuestros recuerdos y otras cosas muy cercanas a nosotros que usualmente duermen en nuestros bolsillos.
-Con que impunidad nos alejan de todas esas cosas- Alan pensó para sí, con mucha violencia.
Caminaba por la calle luego de un intento de ir al cinematógrafo y comprobar, desanimado, que la cantidad de gente presente en las filas de la boletería le impediría llegar a tiempo a la próxima película.
Volvía a su hogar prestado ubicado en el centro de la ciudad costera de Mar del Plata presenciando una estampida de gente recorriendo las calles en todas direcciones. La acción de “caminar pacíficamente” no se cumplía en absoluto.
Se generó un cuello de botella en una vereda y la gente empezó a amontonarse. Como por instinto, tocó su bolsillo de la mochila y descubrió lo peor: su billetera había desaparecido segundos antes de encontrarse en la carótida de ese cuello.
Un miedoso, poco comprometido individuo detrás suyo, le dio aviso que alguien había robado sus pertenencias: era una clase de escoria con un ropaje color blanco.
Alan soltó lo que llevaba. Escuchó un grito de dolor que provenía de una señora mayor que fue golpeada por el objeto que había dejado caer. En otras circunstancias, habría pedido perdón sutilmente como era su costumbre cuando, sin quererlo, golpeaba a alguien por la calle. Pero no estaba en otras circunstancias. Corrió hacia atrás. Su cerebro ordenó el movimiento, por instinto, de cruzar la calle. Esta orden era guiada por una desesperación lastimosa de esas que cortan el aliento y no por una lógica fundamental.
Momentos de claridad y tranquilidad escasearon y no se hicieron presentes, lo que generó el gran error de no preguntar ni las coordenadas exactas de la huida del malviviente ni más características físicas.
Alan corrió pero el blanco, esa noche, era tan común como el ruido de los automóviles. Intentó explicarle a un policía ubicado a metros del lugar pero solo balbuceó unas palabritas inentendibles que fueron la consecuencia de un minúsculo momento de claridad relacionado a la falta de datos del silencioso atacante y a la inoperancia policial que Alan experimentó y conoció en episodios anteriores.
Volvió sobre sus pasos para solicitar más datos a este miedoso caminante que avistó el hurto pero no lo pudo encontrar. Se había ido. Rápidamente paso por su cabeza el móvil del no-compromiso, de este poco involucramiento de la sociedad para con hechos delictivos que afectan a terceros.
Recordó a Da Vinci diciendo que aquel que no castiga el mal, ordena que se haga. Este hombre era un cómplice. No podía creer como esta persona habiendo visto el hurto en proceso prefirió no hacer nada.
Callar. Solo un aviso tímido deseando que el atacante no lo hubiera oído sino vendría por él.
Alan recordó el NO TE METAS que tuvo nacimiento en el 78 y, ahora, era un lema famoso y seguido al pie de la letra por la gran mayoría de las personas adormecidas en un sueño idiota y egoísta.
Un hombre obeso con cara de buena persona recomendó a Alan buscar en los basureros cercanos. El procedimiento común de estos carteristas era despacharse lo que podían y descartar la billetera y otros residuos, para ellos considerados inservibles pero para las victimas quizás de gran valor, en los tachos de basura.
El mundo de Alan daba vueltas como un carrusel fuera de control. El ciclo de movimientos generados por esa impotencia tomó lugar. Una y otra vez. Su pecho se veía agitado pero no por un esfuerzo físico sino por un esfuerzo mental. La desesperación modifica el cuerpo y lo vuelve una bola de nervios y agitación. Así como ese estado mental de libertad de hacia unos días aplacó el cansancio de su extensa corrida, ahora lo convertía en agotamiento sin siquiera correr una calle.
Toda la educación y los buenos modales fueron secuestrados de la ya formada y nutrida personalidad de Alan. Antes hubiera agradecido y hasta charlado un poco más con este consejero obeso, pero sin pensarlo, recogió las cosas que había tirado en el suelo antes de su persecución fallida y comenzó a recorrer los cestos de las cuadras próximas.
Uno. Dos. Cuatro. Diez. Nuevamente el numero dos. Alan volvía sobre sus pasos sin darse cuenta.
Cada cesto que revolvía con las manos desnudas, sin guante ni protección, lo sumergía más en una aproximación al entendimiento de la vida de un cartonero. Aquella persona que vive de la basura y ésta es su único recurso u oportunidad de engañar a su desempleado estómago. En una ocasión, un cesto se encontraba justo detrás de las mesas de un bar con salida a la calle. Revolvió con una pequeña esperanza de encontrar sus pertenencias y de pronto sintió unas fuertes puntadas en la nuca: eran las miradas de los comensales que, teniendo ellos su panza casi llena, dejaban ver una sonrisa de rechazo y cuasi pena ante esta triste realidad que mostraba la república en la que viven. Alan podía ser considerado un loco y no un cartonero. Su ropa estaba impecable, al igual que su peinado ese día. Por eso la incompatibilidad de imágenes.
Una madre al ver a Alan entre la basura, acercó a su hija pequeña a manera de protección. Mas allá de su estado, Alan podía reconocer que esta experiencia era realmente enriquecedora para comprender la otra realidad que el nunca había vivido.
Se alejó un poco más del lugar del robo. Siguió con los tachos y lo que contenían. Volvió al lugar del hecho y nada. No había manera. Dándole un susto, su celular sonó.
-Alan, ¿donde estas?- preguntó su amigo Rodrigo. Alan ese día había salido sólo porque sus amigos no les gustaba salir por la tarde y el único que lo acompañaba ya había regresado a su hogar.
-Me acaban de robar. Ahora voy para casa. Quédense tranquilos. Estoy bien.- Respondió sin ganas de seguir hablando.
Contesto un par de preguntas más y contó la comunicación.
Alan volvió a la casa sin desaprovechar la oportunidad de mirar en los cestos que se encontraba en su camino. De repente, vio un acomodador de autos en la calle. Los apodados “trapitos”. Sintió una violencia descomunal. Quería pelearse con cualquier clase de gente que infringiera una ley como estas personas que se apropiaban de la calle con una impunidad odiosa. Algún idiota que ocupara la senda peatonal con su auto, alguno que lo chocara en la vereda sin mirar y luego no pidiera disculpas, algún policía con auriculares escuchando radio en servicio, o algo por el estilo.
Hubiera ido preso por unas horas pero al menos su descarga habría valido la pena para desechar esa toxina que aún recorría sus venas.
Luego de comentarlo con sus amigos siendo víctima de un consuelo y una maniobra cuyo único fin era tranquilizarlo y relajarlo, Alan recordó que su boleto de vuelta a su ciudad natal también había sido robado.
Al cabo de unos minutos más relatando el episodio a sus amigos, fue rápidamente a un local pertinente y mientras esperaba ser atendido, vió algo que lo alegro muchísimo y contrarresto esa llamada mala sangre que sufría: un niño de unos 2 años estaba caminando por el pequeño local con aire juguetón y una cara bien picara. Su madre miraba su recorrido asegurándose que no se golpeara ni molestara a los pacientes. La puerta se abrió y entró una familia con un niño de la misma edad y estatura. Las familias no se conocían, como tampoco los niños.
Los pequeños se miraron un segundo y el primero tomó la iniciativa y fue directamente a abrazar al otro. Se abrazaron como dos amigos que hace años que no se ven. El segundo en llegar, recibió este abrazo con gran dulzura y respondió el saludo con un golpecito en la espalda. El de cara picara, se alejó un poquito y le dio beso en la mejilla con tal cariño y de una pureza tal, que Alan no pudo evitar sonreír ante la preciosa situación que sus ojos veían. Un momento mágico. Maravilloso. Generador de pensamientos de esperanza relacionados a que, aunque sea los niños, pueden interesarse por otras personas desinteresadamente siendo dueños de una bondad y un compañerismo tan brillante como el diamante más precioso y caro del mundo entero.
Alan siguió apreciando el juego de estos dos maestros. A su edad ni siquiera eran alumnos pero él sabia que habia cosas que enseñaban y la gente no se percata. La gente común, la gente necia que piensa que son solo niños.
Por suerte, su pasaje pudo ser reimpreso y su vuelta al hogar estaba asegurada.
Alan caminó despacio recordando esta imagen que se llevó. La imagen de dos púberes mostrando que el presente estaba malcriado y que ellos tenían una llave, un elixir que si era bien administrado, podía cambiar ésta podrida cabeza común, reeducando los intereses y permitir, en un futuro no muy lejano, compartir algo más que una vereda.

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