14 octubre 2010

� El color de los espejos

Mateo decidió por fin salir de su apartamento. Un lugar cálido pero que en ese último tiempo, se había vuelto lo más seco y agobiante. No atribuible al clima, sino a un estado de su mente. Un sobretodo se trepó a su espalda y su bolsillo derecho se vió invadido por una mano que comprobaba si en él, descansaba un cobre para soportar la salida. Abrió la puerta. Subió al ascensor y sin mirarse al espejo, esperó que esos tres pisos pasaran rápido. Salió de su edificio y comenzó el viaje hasta un bar. No sabía cual. Se dirigió hacia una zona que sabía los había a montones.
Por las calles veía parejas de la mano y una nostalgia le susurraba al oído. Deseaba que sus manos no se hallaran cálidas, escondidas en los huecos de su tapado. Las quería alegres entrelazadas a otras. Una pequeña mano de mujer. Un bocinazo tapó ese susurro y levantó su vista. Vió el bar indicado. Poca gente y luces bajas. Tranquilo. Lo que imaginó.
Pidió un aperitivo y se quitó el sobretodo. Se sentó en un silloncito color cafe y sus brazos se cruzaron apoyados en la pequeña mesa. Miró el lugar y la gente presente.
Suave, otra vez la nostalgia le susurró. Una pareja de veinteañeros se besaban sentados en la mesa más próxima. Se miraban dulcemente. Con admiración. Con mucho más que amor. El hombre levantó su mano y su índice recorrió la ahora sonriente mejilla de ella. Parecía que el tiempo no pasaba para ellos. Estaban sumergidos en una nebulosa que los apartaba del mundo físico. Estaban como ausentes. Eran sólo ellos en un dormitorio dentro de ese bar. La música se volvía la que ellos deseaban que fuera, los mozos eran sólo una brisa, los muebles sólo cosas que los estorbaban en su camino a abrazarse. Todo se volvia una gran fantansía. Su fantasía.
Mateo sonrió invadido por una envidia de esas sanas. Un regocijo producto de ver que aquello que el queria, podia ser posible. Ya llegaría el momento. Solo debía esperar que el reloj hiciera su trabajo.
El mozo le trajó su bebida y Mateo se recostó en el sillón. Bebió unos sorbos e intentó posar su mirada en la cantidad enorme de situaciones que ocurrían a su alrededor. Pero volvió a los novios.
Seguían ahí. Fundidos en uno. Disfrutando de sentirse cuidados. Tener a un amigo que pudiera entenderlos, hacerlos reír, acompañarlos en el peor o el mejor de los momentos y que luego de una apasionada noche de sexo, volaran por el cuarto preciosas frases del corazón, y no, enormes trozos de hielo seguidos del pedido de un coche para llevarse al cadáver del amor.
Mateo quería poder ver esa imagen reflejada en su espejo. Verse embriagado de ese tan atractivo elixir.
La cabeza de la novia giró en dirección a Mateo y lo sorprendió mirandola. Ella sonrió y miró a su pareja nuevamente. Mateo volvió a su vaso y terminó su contenido.
Se oyó una sugerencia de abandonar el lugar y los novios agarraron sus pertenencias y luego de pagar, caminaron hacia la salida.
Mateo, con una sonrisa y todavía con la nostalgia susurrando, los miró salir. Se fijó en todo su aspecto. Sus ropas, sus cabellos, el estado que proyectaban, su andar. Todo. Sólo para ver la forma que tenía el amor.
La puerta, acompañada, se cerró y los cuerpos desaparecieron de su vista. Miró el vaso vacío y pidió una recarga al mozo.
De pronto, la puerta se abrió y la novia entró. Se dirigió hacia la mesa de Mateo. El pensó que había olvidado algo en su silla, asique siguió mirando su vaso sin darle demasiada importancia.
Un trozo de papel apareció junto a su mano. Mateo levantó la vista sin entender y escuchó dos palabras llenas de pintura: -Llamáme bonito-.
El espejo, como muchas veces ocurre, se habia vuelto de colores.
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