Incómodo. Deforme. No sabía que pensar. Desconocía si él estaba imaginando otra realidad que la que ahora se mostraba.
Levantó la mirada y encontró otra. Una jugadora que lucía experta ante los ojos de todos. Ocultaba fríamente sus cartas y sus intenciones de jugarlas.
En el póquer no gana el que mejores cartas tiene, sino el que mejor sabe jugar lo que aparenta tener. Las cartas se te presentan aleatoriamente de entre una baraja enorme. Nunca se sabe que puede tocarte, pero el secreto está en saber qué hacer con lo que resulta de ese enorme y colorido mundo de opciones. Algunas hablan de corazones, tréboles, palos y espadas...
Alan conocía el juego. O creía conocerlo.
La jugadora miraba a los otros jugadores con la misma intensidad con la que lo miraba a él. Esto lo desconcertaba. Dudaba. Sospechaba que algo tramaba. Algo tenía.
-Mierda- gritó Alan sin mover los labios. Su cuerpo retumbó pero ni un musculo movió.
Mordia su labio mientras hacía tronar su cuello. Inmediatamente miró a su costado y se dió cuenta de su error. Cada simple y minúsculo esfuerzo era, para el resto, una lupa sobre sus intenciones más profundas.
Volvió a mirarla.-Tiene el As de Corazones- se dijo Alan. Ella le sonrió pero con sus ojos. Unos ojos de color verde. Esos mismos que bajaron en picada para pedir otra opción al croupier. Un tirano que podía manejar el destino de cada juego.
Ahora más información volaba por el espacio.
-¿Qué tenía?¿qué quiere?- Se preguntaba Alan para sus adentros.
Los demás jugadores se habian retirado. Salvo uno. Uno que estaba presente pero no fisicamente. Jugaba desde lejos aunque cerca de ella. Solo se sabía su nombre. Nada más.
De pronto, la comunicación se cortó y ese jugador se perdió en la distancia.
Así de repente, se había vuelto un juego de a dos y solo dos.
Ambos se miraron. Alan movió suavemente su mano para mostrar juego y dudó. Otra vez más. Muchas veces había jugado este juego pero esta vez se sentía un principiante.
Agachó su cabeza, respiró profundo y relajó sus hombros. Juntó fuerzas y la volvió a mirar. Sin pestañar, dijo: Te amo.
Había mostrado sus cartas. Su juego. No sabía si era lo suficientemente bueno para ganar la partida. Se preguntó rapidamente que hubiera ocurrido si la comunicación con el último jugador no se hubiera cortado. No podía especular ni suponer. Ese pensamiento ya había quedado atrás. Debía mirar para delante.
Hubo un silencio sepulcral. Uno tan necesario para poner en palabras y movimiento lo que estaba por venir, que no era otra cosa que el comienzo o el fin de un juego.
Un juego de miradas, silencios y dudas. Una partida entre dos, que está afectada por ciertas cartas que se barajaron en un momento y lugar precisos, de entre miles y miles de opciones. Un misterioso juego que va más allá de las mesas, los paños verdes y las apuestas. Es el dulce juego del amor.

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