Cerré mis ojos y ahí estaban. Todos ellos. Pude distinguirlos como si fueran nuevos. Raros. Originales. Esa enorme cantidad de ruidos y sonidos que siempre oí pero nunca escuché.
Es increíble como podemos acostumbrarnos a la costumbre. Todos nuestros sentidos se duermen en un sueño profundo donde rara vez se reconocen vívamente abiertos a nuevos horizontes. Nuevos estímulos. Quise despertarlos. Despertarme, sin importar que el sol se encontrara en su punto más alto golpeándome la tapa de los sesos.
Estos no eran nuevos para mí. Eran ancianos conocidos pero que si uno aprende a escucharlos, cada uno tiene su historia.Algo que los vuelve dulcemente vivos.
Luego de cerrar mis ojos y conectarme conmigo mismo, con mis sentidos más primitivos, aquellos que nos fueron entregados por quien sabe quién o qué, logré discernir sus formas.
Un ruidoso motor haciendo un gran esfuerzo pasando a lo lejos, un pie calzado raspando el pasto a su paso, murmullos caminando sobre mi espalda, la charla cotidiana entre dos palomas, el viento acariciando las hojas haciendo que las ramas que las sostienen aplaudan su fugaz soplar y el rechinar oxidado de una bicicleta cuyo dueño pedaleaba cansadamente.
Por culpa de este viaje, los otros sentidos se contagiaron de esta linda enfermedad de volverse a afinar. La imaginación, reestableciendo su amistad con la vista y sus experiencias pasadas, despegó. Lenta pero segura, comenzó a imaginar los responsables de estos ruidos: un colectivo rojo cubierto de restos de barro y polvo de una línea en particular lanzando una humareda negra por su trasero, un zapato de cordones desatados con suela gastada pero reluciente punta, dos señoritas de aspecto pesado, cuerpos hinchados y anteojos de sol, dos palomas ordinarias, los tipos de hojas y árboles y un obrero de 45 años con manchas de grasa en su rostro, una gorra mirando al sudeste y unas manos secas y enormes.
El olfato, abriendo ficheros, buscó esos olores que la imaginación se encargó de comunicarles a él y al tacto. Este último, recordó la frescura de la cabellera del piso, el empalagoso resbalar de la grasa en la piel y el cruel tirón de arrancar una hoja de su hogar.
Los sentidos son nuestra mujer. Nuestra pareja. Si no se los alimenta constantemente, la relación se desgasta y se vuelve una rutina insoportable. Hay que regalarles flores, mimarlos, llevarles el desayuno a la cama y, cada tanto, tomar un respiro juntos y emprender un viaje a nuevos destinos. Esas caricias hacen su efecto y purifican nuestro ser. Lo convierten en un vehículo a estrenar sacando de circulación esa vieja chatarra que teníamos como transporte.
Los sentidos se acostumbran, al igual que las personas. La diferencia es que la costumbre vuelve a los hombres quejosos. Los sentidos sufren en silencio.
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