04 agosto 2010

♣"Un colectivo"


Montados en cuatros ruedas, dos ojos miran otro par. Se fijan mutuamente. Por sólo un segundo.
Los últimos, se dieron cuenta de esta dulce sorpresa. Los primeros, luego, se pierden. No quieren perderse, pero saben que deben hacerlo. Conocen la entrada y la salida a este laberinto pero se vuelven ciegos por un miedo idiota, y huyen entre los muros. Simulan posarse en la ancianidad, la pobreza, el trabajo o simplemente en los gigantes de cemento y arena que van pasando a través del recorrido. Se dispersan, pero algo los atrapó. Saben que deben ir por ese trocito de queso, como un ratón a una trampera, aunque al final la crueldad hable por sí sola.
Miran nuevamente. Los segundos se mueven, y ellos van detrás. Miran pausadamente cada centímetro de sus formas, sus secretos, sus poses. El par víctima, nota que los otros son tiernos e intrigantes. Aunque no son ellos. Son farsantes. Imitadores de lo que realmente son. Son otros. Aunque se presenten, ahora, con distintas vestiduras. Sin embargo, le gustan. No se quejan de su disfraz.
Al unísono, deciden ir a una batalla frente a frente, pero dura lo que un estornudo. No hubo heridos, ni balas, ni cañones. Sólo se pararon, ambos pares, y decidieron no batallar. Escaparon. Salieron ilesos de esta batalla pero, como bien se dice, aún quedan guerras por librar.
Ese formal primer encuentro fue de gran utilidad. Se logró un reconocimiento del terreno y las expectativas del contrario. Aunque veloz, se dió por entendido qué buscaba cada uno y qué estaba dispuesto a entregar para conseguirlo. Cuanto sudarían por cruzar la barrera del pudor y lograr desangrar en llanto y alegría a ese par de cristalinos y transparentes contrarios.
El último par en montar, el primer atacante, se fue de viaje hacia una esquina del noreste. Se quedó a dormir ahí, por un instante. Durmiendo, se preguntaba si podría ser posible vencer a su oponente. Hacerlo caer. Ese sueño, no le borraba el recuerdo que él ya tenía un dueño, y que éste, lo esperaba en casa. Tranquilo. Sedado. Confiado. Sin dotes de detective privado. Solo un dueño común y silvestre, que nunca creía que su par, aquel pardo par de ojitos suyos, podía hundirse en otras profundidades.
Siguiendo las leyes de la reflexión, aquel que dueño tenia, acudió a otro punto de vista. Uno antiguamente conocido por muchos. Sócrates lo recomendaba y fue escuchado. Una copia de su haz pero con otra perspectiva. Los víctima, sospechaban, pero les gustaba ser apreciados. Hacerse desear. Sabiendo que su batalla era fácil de lograr con un minúsculo esfuerzo. Pero empachados al regreso de una gran banquete en el palacio de Narciso, preferían los aplausos por la victoria antes que haber siquiera combatido para obtenerla.
De pronto, el ruido agudo de un timbre resonó en los vecinos del par último. Se sintieron idiotas y confundidos. Pero gustosos de esos aplausos, también. Se levantaron y descubrieron a sus retadores bajando una colina y montando, ahora, un cuerpo que comenzó a caminar, perdiéndose en la oscuridad.
El par víctima siguió su viaje, sabiendo que perdió las batallas, también la guerra y se lleva sólo un trofeo: los aplausos de un buen gusto, quizás vacíos, pero que alimentan su alma hasta encontrarse acostado, bajo esa hora que indica el momento de cerrar sus persianas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario